El viaje que me cambió

Innsbruck

Si hay un secreto muy personal que hoy quiero compartir con todos los que me leéis es de dónde viene mi pasión por viajar.

Ya os he contado en otras ocasiones que desde pequeña había viajado mucho. Mi padre es gran amante de los viajes y como mi madre es gran amante de mi padre, pues siempre íbamos todos juntos: mis padres, mis hermanos y yo. Bueno, he de reconocer que a veces nos dejaban en casa de algún familiar, porque cargar con tres retoños a las espaldas cuesta un buen pico, y no hablo solo económicamente, que también, sino que me refiero a las energías que hacen falta para aguantar una escapada de varios días con niños, con los problemas típicos de la edad: no me gusta la comida, estoy cansado, no me quiero levantar… Y a pesar de todo eso, eran menos las veces que marchaban a solas, en plan luna de miel.

Si no recuerdo mal (lo recuerdo perfectamente porque me lo han contado), el primer viaje lo hice estando dentro de la barriga de mi madre. Por aquel entonces marchábamos a Málaga, me querían enseñar, aunque yo no las pudiera ver aún, las cuevas de Nerja. Desde entonces fue un no parar, desde destinos nacionales, como Tenerife o La Coruña a muchos destinos internacionales, siendo quizás algunos de los más especiales Nueva York, La Habana o París. No siempre viajábamos los cinco (mis padres y mis hermanos), a veces nos acompañaban familiares o amigos. Recuerdo con gran cariño una escapada que hicimos a Benamahoma, una pedanía de Grazalema, en la provincia de Cádiz, en compañía de los papás y nuestros amiguitos del cole, ¡qué bien lo pasamos cantando canciones y haciendo teatros como en las fiestas de fin de curso! Así como también otro viaje que hicimos a Barcelona, para asistir a la boda de un primo de mi padre.  En ese viaje descubrí que tenía mucha más familia que aún no había conocido nunca y, ¡no veas la ilusión que me hacía eso!

Mi familia no se daba cuenta, pero mi pequeño cerebro infantil iba procesando toda esa información. Empezaba a asimilar que conforme más viajaba más aprendía, más gente conocía, nuevos platos probaba, en fin… ¿por qué quedarme en mi ciudad sin conocer todo lo que había por el mundo?

Cuando ya empezaba a ser algo más adulta había un primer problema con el que me iba encontrado a la hora de viajar, un problema que para bien o para mal, mueve muchas cosas en el mundo: el dinero. Pero sabía que eso no me iba a parar y que ya iría encontrando los truquillos y haciendo mis artimañas para que mi pasión fuera creciendo.

Durante los primeros años de universidad empecé a escuchar hablar de un tal “señor Erasmus”, no sabía muy bien quién era, qué era, pero solo entendía que había compañeros que se marchaban a estudiar a otros países de Europa. Ya en mi tercer año de estudios la rutina me iba matando, la necesidad de ver qué más había por ahí, cómo se vivía en otros países, cómo eran otras universidades, hicieron que una noche de aburrimiento en casa decidiera buscar en Wikipedia quién era Erasmus y cuál fue mi sorpresa cuando me topé con esto.

Innsbruck
Innsbruck

Voilá! Eso llevaba mi nombre. No tardé mucho en averiguar dónde estaba la oficina de relaciones internacionales, plazos, documentos necesarios para la solicitud…trámites y más trámites burocráticos hasta que llegó el momento: ¿Y ahora dónde me voy? No quería un país de habla inglesa, ya llevaba muchos años estudiando inglés y me gustan los retos, así que quería aprender un idioma nuevo. Alemán, sí, me apetecía aprender alemán. Pero al mismo tiempo me entraban los miedos, como el miedo a lo desconocido. Si no sé alemán y me voy a dar clases de economía en alemán, ¡no me voy a enterar de nada! Pensaba yo inocente de todo lo que me esperaba por venir. Tras mirar mucho, preguntar, informarme, encontré un destino que académicamente parecía encajar con lo que estaba buscando, buen plan de estudios, buena universidad, posibilidad de hacer las asignaturas que me correspondían en inglés… vamos, que todo tenía muy buena pinta, sólo había un pero, que no sabía situarlo en el mapa.

Y así es como Innsbruck apareció ante mí.  Descubrí que Innsbuck, capital del estado del Tirol, en pleno corazón de los Alpes, había sido sede de los juegos olímpicos de invierno en dos ocasiones, 1.964 y 1.976. Así que eso significaría que haría un poco de frío y habría nieve, ¿no? Yo, que venía de Sevilla, en el sur de España, donde las temperaturas máximas rondan los 45ºC y donde las mínimas apenas alcanzan los 8ºC… Pero no me importaba, estaba rebosante de felicidad por comenzar esta aventura. De hecho, a día de hoy, Innsbruck la considero uno de los 5 lugares ideales para pensar.

Ski en Innsbruck
Ski en Innsbruck

Y así es como un 27 de septiembre de hace ya más de diez años empezaba un nuevo capítulo de mi vida. Innsbruck me recibió con frío, pero con sol, con grandes sonrisas de mis nuevos compañeros de piso y con más alegría y emoción de los que se convertirían en la alegría de mi erasmus: mis nuevos amigos.

En cuanto al tema estudios, no sabría ni por dónde empezar a contaros, solo tengo un recuerdo grabado en la cabeza:

  • Jefe de relaciones internacionales (JRI): Bueno, ¿cómo llevas el alemán?
  • Yo: ¡Con muchas ganas! Tengo mucha ilusión por aprender un poquito.
  • JRI: ¿Cómo que un poquito? Pero tú sabes que las clases son en alemán, ¿verdad?
  • Yo: ¿Cómo? En mi universidad de origen me han dicho que tengo la opción de hacer los cursos en inglés.
  • JRI: Ya, pero las asignaturas que tú quieres cursar no las hay en inglés, sólo en alemán.
  • Yo: No hay problema, ya verás cómo me defiendo. Gracias por la información. Estamos en contacto.

Salí del despacho con una cara de terror tremenda. Yo, que siempre había sido una buena estudiante, ¿qué iba a hacer todo un año allí y sin saber alemán? Sentía cómo las lágrimas me resbalaban por las mejillas, pero algo dentro de mí me decía: Has venido para esto, para aprender que no todo siempre es sencillo y porque vas a aprender a convertir lo difícil en fácil. Tienes unos meses por delante, ¡aprovéchalos!

Ese fue el primer aprendizaje y, quizás, el más importante a las pocas horas de llegar: transformar lo complicado en sencillo. Aprendizaje que cada vez que se presenta una situación que puede ser engorrosa me acuerdo de él. Os aseguro que, si se quiere, se puede. Aprendí alemán en un año, no perfecto, por supuesto, pero sí para entender las clases de estadísticas, dirección financiera y recursos humanos, entre otras. Estudié mucho, también es verdad. Conté con unos grandes compañeros de pisos a los que parecía no costarles ni tiempo ni trabajo pasarse horas explicándome algo, ponerme deberes para corregir la redacción al día siguiente: nunca tendré forma de devolver todo el apoyo y ayuda incondicional que me brindaron. Conté con unos excepcionales compañeros de clases, los que me dejaban copiar sus apuntes, que me ayudaban después de clase, que me resolvían las dudas que tuviera… compañeros como estos, sí que pocos me he vuelto a encontrar por la vida.

Pero no todo iba a ser estudiar, me había ido a allí para algo más. Lo de salir de fiesta fuese martes, viernes o domingo, ya lo damos por descontado, con veinte años en poco más se puede pensar que en salir a beber como si fuera el fin del mundo, pero había mucho más.

Me había ido para descubrir gente, países y viajar. Cómo dice el título de este post, fue el año que me cambió, pero ¿por qué? Porque fue mi año estrella de los viajes, el año que más he viajado en toda mi vida:

Alemania

Múnich

Su aeropuerto fue quien me recibía en este magnífico año. También fue el que me despidió.

Estás en el centro de Europa y lo sabes. Eres simplemente perfecta.

Castillo de Neuschwanstein (Baviera)

¿Quién no ha soñado alguna vez con recorrer sus infinitos pasillos? Yo por lo menos, sí, y pasear por sus jardines en un frío mes de enero no tiene palabras para describirlo.

Berlín

Porque me enamoré de esta ciudad nada más tocarla. Porque sentí que cinco días no eran suficientes para esta ciudad y porque sabía que alguna vez volvería a vivirla. Así fue, no te fuiste de mi cabeza y unos años más tarde allí me tenías, para colarte por siempre en mi corazón, para hacerme pasar unos años inolvidables de mi vida. “Ich vermisse dich”. Si quieres saber que me enamoró de Berlín pincha aquí.

Austria

Salzburgo

La música clásica siempre ha estado muy presente en mi vida y tenerla tan cerca y no ir a conocer el lugar de nacimiento de Mozart hubiera sido mi peor pesadilla.

Qué agradable pasear por sus calles peatonales y subir a la fortaleza de Hohensalzburg a contemplar la ciudad desde arriba.

Viena

Ya que estaba en Austria, tendría que ir a conocer su capital, ¿no? Todavía recuerdo pasar la tarde disfrutando de una buena porción de tarta sacher acompañada de un café vienés.

Italia

Verona

Romeo y Julieta, un clásico indispensable en nuestra vida.

Venecia

Llegar a Venecia en tren es todo un placer. Al llegar a la estación de Santa Lucia, me pareció haberme equivocado de destino, porque, ¿dónde está el agua? Pero en cuanto caminé un poco ya me di cuenta de que la Plaza de San Marcos y el gondolero me estaban esperando.

Plaza de San Marcos (Venecia)
Plaza de San Marcos (Venecia)

Lago di Garda

Un paraíso en la tierra. Cuando me senté a tomar el sol a la orilla del lago con vistas a los Alpes me sentí la persona más afortunada del mundo.

Vistas al Lago di Garda
Vistas al Lago di Garda

República Checa

Praga

Tenía muchas ganas de hacerlo y sí, lo hice, sentarme en un club de jazz a tomarme una cerveza negra, bueno, más bien dicho, lo intenté: el jazz lo disfruté como una enana, lo de la cerveza… lo dejé para mis compis de viaje, ya que por aquel entonces y, aún hoy en día, sigue sin gustarme la cerveza.

Cervecería checa
Cervecería checa

Hungría

Budapest

Buda y Pest, así es como sus dos orillas se unieron para formar una única ciudad inigualable a los pies del río Danubio.

Puente que une las dos orillas de Budapest
Puente que une las dos orillas de Budapest

Eslovaquia

Bratislava

Una ciudad totalmente desconocida para mí por aquel entonces. Un auténtico descubrimiento de ciudad: subir a su castillo, pasear por el casco antiguo, recorrer las murallas y disfrutar de sus esculturas como “Man at work”, de un soldado napoleónico, o de Hans Christian Andersen, son algunas de las actividades que pude realizar durante mi visita.

Polonia

Cracovia

Porque ir a reencontrarme con una amiga, que, como yo, también estaba de Erasmus no era mal plan, ¿no? Un soleado mes de mayo, con fiestas universitarias por todas las plazas de la ciudad era lo que me encontré durante mi visita. Aunque también tuve un tiempo para el aprendizaje y el recuerdo. Podeís leer cómo fue mi visita por el campor de concentración de Auschwitz aquí.

Yo en las fiestas universitarias de Cracovia
Yo en las fiestas universitarias de Cracovia

Y con todos estos viajes que hice en un año me di cuenta de que esto era solo el principio y que Innbruck había despertado a la fiera de los viajes que había dentro de mí.

Este año pasó volando y llegó el momento de volver a casa. Aunque necesitaba algo de tranquilidad y dejar aeropuertos y estaciones por un tiempo, esto solo me duró unos meses, porque a la siguiente oportunidad ya estaba embarcada en un nuevo destino, eso sí, lamentablemente no he vuelto a tener un año tan viajero, porque sin lugar a duda ese fue un año que recordaré para toda la vida, porque Innsbruck fue el viaje que me cambió.

Tren camino a Innsbruck
Tren camino a Innsbruck

Y vosotros, ¿me contáis cual ha sido el viaje que os cambió? ¿Tenéis algún año estrella de los viajes?

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Comentarios

  1. Marta Valle says:

    Me ha encantado,leyendo tus viajes entran muchas ganas de viajar.
    Besitos

    1. Buscando Destino says:

      Gracias Marta! Me alegra saber que transmito lo que siento, pienso y vivo en cada viaje 🙂

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